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¿Por qué no has oído hablar de él? La triste vida de la persona más inteligente de la historia
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¡Bienvenidas, mentes curiosas! ¿Conocéis la triste historia de William Sidis, considerado
por muchos el hombre más inteligente de todos los tiempos? Si vuestra respuesta es que no,
ahora comprenderéis por qué nunca habéis oído hablar de él.
La que os vamos a contar hoy no es tan solo una historia acerca de un hombre y sus increíbles
capacidades mentales, sino también un relato de cómo la sociedad es capaz de destruir
a aquel individuo que destaca entre los demás.
Pero empecemos por el principio. Para comprender bien la vida de William James Sidis conviene
conocer brevemente la figura de su padre, Boris, porque jugó un papel fundamental en
la educación de su hijo.
Boris Sidis nació en 1867 en Ucrania, que por entonces pertenecía al Imperio ruso,
en el seno de una familia judía. A los diecisiete años fue arrestado junto a otros estudiantes
por haber enseñado a leer a unos campesinos, algo que iba en contra de las leyes del zar.
Tras pasar dos años encarcelado, con largos tiempos de confinamiento en solitario, emigró
a Estados Unidos sin ningún familiar, acompañado solo por unos amigos. Tenía veinte años
y estaba sin blanca.
En Nueva York trabajó en fábricas y, aprovechando que hablaba muchos idiomas, daba clases particulares
de inglés a los inmigrantes para ganarse la vida. Una de las personas a las que dio
clases fue Sara Mandelbaum, una joven procedente de Rusia cuyos padres habían llegado a Estados
Unidos huyendo de los pogromos contra los judíos. Sarah estudió en la Universidad
de Boston y logró graduarse en la Escuela de Medicina, aunque nunca llegaría a ejercer.
Boris y Sarah se enamoraron, y ella, consciente de las grandes capacidades intelectuales de
su pareja, lo animó a estudiar en la universidad.
En 1892 se casaron, y ese mismo año él logró ingresar en la Universidad de Harvard, donde
se licenció en Artes y se doctoró en Ciencias y en Medicina. Según opinaba el propio Boris,
fueron sus largos tiempos de aislamiento en la cárcel los que le habían permitido mejorar
su capacidad de pensamiento para lograr sus altas capacidades académicas. Fuera así
o no, el caso es que logró convertirse en psicólogo asociado en el Instituto de Patología
de los Hospitales de Nueva York. Escribió numerosos libros y artículos, especialmente
sobre psicología anormal, y desarrolló un método para tratar las psicosis funcionales.
En 1901 aceptó el cargo de director del laboratorio psicopático del Hospital Materno Infantil
de Nueva York y posteriormente abriría en Portsmouth su propio sanatorio para tratar
afecciones neurológicas.
El 1 de abril de 1898, nació su primer hijo, William James Sidis, nuestro protagonista
de hoy. Como hemos visto, su padre era un hombre con una amplia formación académica,
con experiencia docente y experto en psiquiatría y psicología, y decidió aplicar sus propios
enfoques psicológicos para criar a William –a quien llamaban Billy–, con el objetivo
de que desarrollara una alta capacidad intelectual.
Años más tarde, en 1911, el padre de William publicaría un libro sobre psicología de
la educación titulado 'Filisteo y genio', en el que abogaba por no tratar de educar
a los niños mediante el miedo, ya que, según él, este conducía a desarrollar todo tipo
de enfermedades mentales en la etapa adulta. Según escribió, era conveniente despertar
la curiosidad natural del niño a edades muy tempranas mediante la estimulación y la interacción
con adultos bien entrenados. “Nunca es demasiado pronto para que los padres empiecen a moldear
las mentes de sus hijos en la dirección correcta”, afirmaba Boris Sidis. ¡Y vaya si empezaron
pronto con Billy!
Sus padres colgaron bloques de letras sobre la cuna del bebé y, con solo seis meses,
ya empezó a decir sus primeras palabras. Según ellos, el pequeño Billy, con un año
y medio de edad, ya era capaz de leer el 'New York Times', y, a los tres, leía a Homero,
pero no creáis que en inglés, lo hacía en la lengua original del autor de 'La Ilíada'
y 'La odisea': es decir, ¡en griego! Cuando aún era un bebé, lo trataban ya como si
fuera un adulto para que aprendiera a aprender por su cuenta. Por ejemplo, cuando tenía
ocho meses le colocaron un plato con comida y una cuchara frente a él y le dejaron que
aprendiera a comer solo, sin enseñarle qué debía hacer. Su madre, que era quien se encargaba
de manera ininterrumpida de la crianza del pequeño, afirmó que Billy chilló de alegría
cuando dedujo por sí mismo cómo alimentarse.
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